BARTOLO Y TELMA REGRESAN DE INDIA
Y así fue como, al día
siguiente, tempranísimo, Ogro, es decir, Bartolo, se despidió del dichoso mosquitero, rascó por
última vez sus ronchas, dijo adiós al bisbiseo de los odiosos mosquitos y él y
Hada, es decir, Telma, se fueron a Delhi en la furgoneta de los cooperantes que
debía dejarles en el aeropuerto. Otro penosísimo viaje por carretera,
compartida con camellos, carromatos, bicicletas, camiones destartalados que
renqueaban trabajosamente y, sobre todo, elefantes guiados por su cornac —que
llevaban turistas hacia Jaisalmer, la ciudad de arena, y al desierto de Thar—,
y cuyas gualdrapas brillaban al sol del amanecer.
Los animales no viajaban
precisamente por la orilla, ni hablar, ocupaban toda la carretera, así que los
coches hacían uso continuamente de su bocina para que se apartaran, algo que
hacían de forma lentísima y solamente a medias, para volver al mismo sitio
inmediatamente. El viaje era un caos, pero ni Ogro ni Hada podían negar que
resultaba muy pintoresco, por lo que se pusieron a hacer fotos a través de la
ventanilla y a contestar a los saludos de toda aquella turba multicolor.
Como su avión no salía hasta la noche,
tuvieron tiempo de visitar la ciudad, sobre todo la parte vieja que era la que
más les interesaba. Recorriendo las calles, una de las cosas que más llamó la
atención a Ogro fue el hecho de que una mujer con un sari amarillo salió de su
casa, cogió por la cornamenta a una vaca sagrada y le dio de comer en la puerta.
Un momento después entró de nuevo en la casa y enseguida salió con una vasija y
se puso a ordeñarla. La vaca comía plácidamente mientras la mujer la ordeñaba
hablándole cariñosamente.
—¿Curioso, verdad, Ogro?
—dijo Hada viendo a Ogro mirar la escena con gran interés.
—Mucho, Hada, ya lo creo —contestó
Ogro observando sin disimulo a la mujer y a la vaca que parecían estar felices
juntas.
—Aquí las vacas son sagradas,
no se las mata para carne, se mueren de viejas, pero se pueden ordeñar para
tener leche para los niños —explicó Hada.
—¿Cualquiera puede coger
cualquier vaca y ordeñarla? —preguntó Ogro.
—Sí, pero con la condición de
que se le dé de comer. Y la vaca come antes que ningún miembro de la familia.
La ordeñan y la sueltan otra vez.
—Son animales muy útiles,
¿verdad Hada?
—Sí, y entre la gente muy
pobre, más. No se las mata, pero se aprovecha su leche y sus excrementos. Estos
últimos para combustible, y mezclados con barro, para pavimentar las casas. Se
cocina quemando boñigas de vaca secas y prensadas.
![]() |
Vacas sagradas en Delhi. |
—Pero olerá fatal ¿no?
—preguntó Ogro sin poder contener su curiosidad—. De todos modos —continuó— en India huele todo fatal.
—Es cuestión de costumbre, en
realidad no huele peor que el carbón quemado, por ejemplo, que se usa en muchos
países europeos —contestó Hada recordando el olor a azufre que desprendía el
carbón que muchas veces se quemaba en su país.
FIN DEL PASEO POR DELHI
Siguieron paseando por la
ciudad, entraron en alguna tienda en la que se vendía casi de todo,
curiosearon, hicieron fotos y, al final, después de comer en un restaurante en
el que la única mujer era Hada, se dispusieron a tomar un taxi para volver al
aeropuerto.
Mientras esperaban en la
acera, una niña de unos cinco años se acercó y se arrodilló a los pies de Hada
besándoselos. Ogro quiso levantar a la niña, porque le pareció muy humillante
lo que estaba haciendo, pero Hada se lo impidió.
—Déjala, Ogro. Es una mendiga
y éste es un gesto de respeto hacia alguien a quien ella cree superior. Le
daremos unas rupias y la saludamos a la manera india, eso la hará feliz. No
podemos hacer más.
—Pero nadie es superior a
nadie —repuso Ogro con cierto disgusto.
—Pero eso lo sabemos
nosotros. Ella lo ve de otra manera, su vida es esto, la mendicidad, como
tantos niños en la India
y en muchos lugares del mundo —concluyó Hada.
Ogro no hizo ningún
comentario más, pues se le puso un nudo en la garganta y todo le pareció
injusto, pero él sabía que, personalmente, no podía hacer nada más que darle unas rupias a la
niña en aquel momento.
Así fue como la pequeña se
marchó con la cara feliz por las rupias que Hada y Ogro le habían entregado,
pues aquel día seguramente sería bien tratada y le darían mucha comida. Hada,
para distraer el malestar de su amigo, le hizo poner su atención en unas
mujeres ataviadas con preciosos saris
que llevaban una especie de mascarilla y barrían continuamente la acera con
unas escobas muy blandas.
—Mira a esas mujeres, Ogro. Son
jainistas.
—¿Y qué es ser jainista?
—El jainismo es una de las
religiones practicadas en India.
Respetan toda forma de vida, no matan animales, ni para comerlos ni para nada, son
vegetarianos, y barren el suelo para no pisar los posibles animalillos, como
hormigas y otros insectos, que pueda haber en la acera.
—¡Asombroso! ¿Y por qué
llevan mascarilla? —preguntó Ogro observando a las mujeres que se alejaban poco
a poco barriendo la acera.
—Para que ningún insecto,
mosquito o mosca, les entre en la boca y lo traguen involuntariamente —contestó
su amiga.
—¡Vaya, pues sí que son
cuidadosos! —exclamó Ogro admirando un respeto tan extremado hacia todo ser
vivo.
![]() |
http://www.viajeporindia.com TEMPLO JAINISTA, INDIA |
—Pero vamos a tomar un taxi
ya, amigo —dijo Hada interrumpiendo pensamientos de Ogro—, que es hora de ir al
aeropuerto.
El taxi (o algo parecido) que
los llevó al aeropuerto, estaba conducido por un sij, con un turbante rosa. No
dijo ni una palabra en todo el camino y ellos tampoco. En realidad, Hada
dormitaba en el hombro de Ogro, y éste se había preparado para escuchar el
primer ronquido de su amiga. Pero no fue así, esta vez Hada no roncó en
absoluto, nada más se quedó profundamente dormida y Ogro tuvo que sacudirla al
llegar al aeropuerto porque estaba como un leño.
—¡Hada! ¡Hada! —llamó Ogro en
voz bastante alta— ¡Venga, que ya hemos llegado, despierta!
—Vaya —respondió Hada—, me he
quedado traspuesta.
—¿Traspuesta? —contestó Ogro
con una sonrisa maliciosa— Mujer, traspuesta no es exacto, dormías como una
marmota.
—¿De veras? —dijo Hada sin
querer entrar en una discusión tonta.
—De veras, Hada, dormías como
si no hubieras dormido en tu vida —contestó Ogro esperando que aquella
discusión durase un ratillo pues estaba muerto de aburrimiento sin poder hablar
con nadie.
—Si tú lo dices será verdad,
amigo —y Hada quería dar por zanjada la cuestión.
—Es verdad, Hada —contestó
Ogro animado por lo que parecía el inicio de una conversación, si bien poco
interesante, al menos podría tomarle el pelo un poco a su amiga—. Y que conste
—continuó— que esta vez no roncabas.
—¡Qué bien! —dijo Hada con un
tono contundente que no admitía respuesta—. No he roncado, pues ya está. No he
roncado y se acabó.
Y Ogro, el pobre, no dijo más
nada, no era momento de charlar más de la cuenta, Hada aún parecía medio atontada
por el sueño y no quería que se enfadase, así que ayudó al taxista sij a bajar
las maletas y se dirigieron a la terminal.
REGISTRAN LA
MALETA DE HADA
Entraron en el aeropuerto
Indira Gandhi, como al llegar, y se dirigieron al mostrador de Líneas Aéreas
Indias —que les llevaría esta vez hasta el aeropuerto de Orly en París—, a
facturar su maleta, y como tenían que pasar por el escáner, Hada había
desmontado su varita mágica para ahorrarse preguntas, pero un policía que
miraba su pasaporte les preguntó en muy mal español:
—¿Tienen uztedeg algo que
declagarrr?
—Nada —respondió Hada por los
dos—, no llevamos nada ilegal.
Pero al pasar el escáner el
policía ordenó a Hada que abriera su maleta.
—Pero si no llevo nada —dijo
Hada muy firme.
—¡Ábrrrala, kripayá! —ordenó
el policía muy serio.
Y Hada, naturalmente, se
dispuso a abrir su maleta. Se puso muy nerviosa y no encontraba la llave,
revolvió en el bolso una y otra vez y, mientras tanto, el policía se
impacientaba, algo bastante inusual en un policía indio, pero aquél se
impacientaba.
—Le guego que abrrra la
maleta mag rrrápido —insistió, lo cual sólo sirvió para poner más nerviosa a
Hada.
Al fin apareció la llave y
Hada abrió su maleta. Llegó otro policía y revolvió entre las cosas de Hada
sacando una caja que guardaba una figurilla del dios Ganesha, el dios elefante
de la India ,
con sus cuatro manos y montado en un ratón. El policía lo miró y lo remiró, le
dio vueltas una y otra vez, comentó algo en hindi con su compañero, volvió a
dar vueltas a la figurilla y al final se la llevó hacia una especie de cabina.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hada
francamente alarmada.
—¿Ese diog no segá de
marrrfil? —preguntó otro policía.
—¡Ah, no! ¡No es de marfil!
—contestó Hada contundentemente— sólo es de hueso de camello.
—Bien, vegemos —respondió el
policía, al tiempo que el otro salía de su cabina sonriendo amablemente.
—Muchas grrracias, señoga,
shukriyá —dijo devolviendo a Hada su figurilla del dios Ghanesa—. Pueden pasag.
—Qué estrictos ¿no?
—Es lógico, amigo —explicó
Hada—, el comercio del marfil está prohibido y penado con la cárcel.
—¿Y los polis creyeron que llevabas una figurilla de marfil,
entonces? —preguntó Ogro contento de haber terminado aquel inconveniente.
—Evidentemente, Ogro —respondió
Hada—. Yo no haría eso, además de ser ilegal, no contribuiría a la muerte de
elefantes para quitarles los colmillos.
—El elefante es un animal
sagrado en la India ,
¿verdad, Hada? Y dicen que es el más inteligente de los seres vivos, así que es
un crimen matarlos y robarles el marfil.
—Sí, Ogro, así es, y ya
quedan pocos —respondió Hada a su amigo.
—Pero alguien lo hace, eso
parece al menos ¿eh, Hada? —siguió diciendo Ogro como un niño obstinado, porque
le encantaba aquella conversación.
—Sí, en todos lados hay gente
que hace cosas malas, aquí también —contestó Hada mientras se ponían a la cola.
—En fin, menos mal que todo
ha salido bien ¿verdad?
—Claro, es bastante
desagradable, pero es lógico que vigilen, aunque —siguió diciendo Hada— sigue
habiendo contrabando con el marfil.
Al fin los llamaron para
subir al avión que los llevaría a Francia, al aeropuerto Orly de París.
Empezaba a anochecer cuando despegaron e hicieron todo el vuelo de noche y sin
escalas. Consiguieron dormir casi todo el tiempo porque estaban tan cansados
que hubieran dormido encima de una piedra. Fueron doce horas de vuelo,
interrumpidas sólo por algunas turbulencias. Aterrizaron en Orly aún de noche a
causa de la diferencia horaria entre Delhi y París. Pasaron sobre las luces de
la cuidad, a lo lejos se veía la Torre
Eiffield iluminada, destacando sobre todo las demás.
![]() |
La Torre Eiffield desde un bateau mouche, foto de Sara, |
BARTOLO Y SUS DESPISTES EN EL AEROPUERTO
—¡Mira! ¡Mira, Hada!
—Es preciosa la vista, Ogro,
muy bonita, pero estoy tan dolorida que apenas puedo respirar ¿Tú no estás
también dolorido? —preguntó Hada viendo la agilidad de Ogro.
—No, yo no —respondió Ogro—,
he dormido muy bien. Además todo lo que los mosquitos me han hecho sufrir me
inmunizó contra casi todo. Qué lejos estamos ya de la India, ¿verdad Hada?
—siguió diciendo con cierta melancolía…
—Muy lejos —afirmó Hada
también un poco melancólica, mientras aterrizaban.
Al fin salieron del avión y
fueron a recoger sus maletas, la rosa fosforito de Ogro, es decir, la de
Bartolo; la de Hada, es decir, la de Telma, una maletita de lona muy discreta.
Cada uno recogió la suya de la cinta sin fin, a la que iban llegando los
equipajes de todos los viajeros.
Entretanto empezaba a
amanecer en Orly. Esperaron hasta que vieron llegar sus maletas, primero la de
Hada y un rato después la de Ogro, su maleta rosa fosforito y su bolsa de lona
verde-verde que esta vez había facturado. Luego se dirigieron a la salida a
través de muchas escaleras mecánicas y algunos ascensores. Casi en la salida
ya, Hada dijo:
—Es mejor que desayunemos,
¿no te parece? Yo tengo un hambre espantosa.
—¡Sí! —contestó Ogro que no
tenía menos hambre que su amiga—, vamos a desayunar, algo rico y calentito para
despertarnos del todo.
![]() |
AEROPUERTO DE ORLY, París. |
Se dirigieron a una cafetería
próxima, de autoservicio, se pusieron a la cola y cogieron una bandeja que fueron
llenando con lo que les apetecía desayunar, café con leche bien caliente, croissant,
pan con mantequilla y mermelada y un zumo de naranja natural. Pagaron y fueron
a sentarse a una mesa con sus maletas al lado; el olor del café los reanimó un
poco después de tanto viaje y tanta incomodidad.
—¡Qué rico parece todo! —dijo
Ogro haciéndosele la boca agua, mientras se tomaba su zumo.
— Está buenísimo, muy rico —contestó Hada.
—Hace un poco de frío aquí
¿verdad, Hada? —preguntó Ogro que estaba un poco destemplado.
—Cierto —contestó Hada—, es el relente de la
amanecida, Ogro. Pero ponte algo, hombre. ¿No tienes un jersey?
—Claro que lo tengo
—respondió Ogro casi tiritando—, pero primero desayunemos y luego salimos y
abro mi maleta para cogerlo.
—Como quieras, pero tienes
buena gana de pasar frío —respondió Hada.
Terminaron de desayunar y se
dispusieron a salir para tomar el Orlyval y dirigirse a París. Antes de salir,
Ogro puso su maleta sobre un banco y se dispuso a abrirla, así que sacó la
llave de su bolsa e intentó meterla en la cerradura, pero la llave no entraba.
Probó una y otra vez, incluso le dio la vuelta a la maleta por si acaso, pero
era inútil, la llave no entraba. Ogro empezó a ponerse encarnado y a sudar muy
inquieto, a dar vueltas y vueltas alrededor de la maleta, a ponerla de una y
otra manera, a intentar meter la llave
por un agujero por el que era evidente que no entraba. En fin, por la cabeza de
Ogro pasaron todas las calamidades posibles.
—¿Qué pasa aquí? —se preguntó
Ogro alarmado en voz alta.
—¿Qué ocurre?
—¡Ay, Hada! —y Ogro parecía
asustado de verdad.
—¿Pero qué pasa, Ogro?
—¡Que ésta no es mi maleta!
—¡Vaya, hombre! —y Hada
también se alarmó, pero reaccionó enseguida.
—Anda, vamos a información a
ver qué tenemos que hacer.
—Pero Hada —gimoteó Ogro— ¿cómo
es posible que alguien cogiera mi maleta, para qué quiere nadie una maleta que
no lleva nada importante aparte de unos regalos para Rosa y mi mamá?
—¿Y por qué no piensas que
fuiste tú el que se confundió, Ogro?
—¿Con una maleta así, Hada?
¿Por qué piensas que la compré? ¿Porque me gusta llevar una maleta chillona,
Hada? Aunque no lo creas, no tengo tan mal gusto.
—Ya —contestó Hada
lacónicamente, mirando de reojo la bolsa de lona verde-verde de Ogro.
—¡Pues no! La compré,
precisamente, para verla desde lejos y no confundirme. Mi maleta es
inconfundible, Hada —decía Ogro en una retahíla sofocada y chillona.
—Pues ya ves que no. O te
confundiste tú o lo hizo alguien con una maleta como la tuya.
Ogro, es decir, Bartolo,
hablaba aprisa, aprisa, mientras caminaban todo lo rápido que sus piernas les
permitían y entraban de nuevo en la terminal y se dirigían a un punto de
información. Ogro no sabía una palabra de francés, pero Hada lo entendía y lo
hablaba bastante bien, así que volvieron sobre sus pasos y se fueron
directamente al lugar que les indicaron, donde se recogía todo lo perdido y los
equipajes confundidos y los que se extraviaban en los vuelos.
En aquel momento, un hombre
llegaba corriendo y gritando mientras arrastraba otra maleta rosa fosforito.
Ogro al verla corrió hacia el hombre y gritando también mostró su maleta al
hombre y agarró fuertemente la que el hombre llevaba mientras le hablaba muy
alto y atropellándose.
—¡Ésta es su maleta! ¡Ésta!
¡No es la mía! ¡La mía es la suya! —repetía Ogro casi histérico.
—¡Está bien, está bien!
—contestó el otro hombre intentando contener el ímpetu de Ogro— ¡Claro que no
es la suya! ¡Ésa es la maleta de mi hija! —decía el hombre en perfecto
castellano.
—¿Pero usted de dónde es?
—preguntó Ogro un poco alucinado.
—Pues soy español, de
Logroño, para ser más exacto, y me ha causado usted un gran trastorno con el
cambio de maletas, a ver si mira lo que coge —siguió diciendo un poco enfadado.
—¿Yooooo? ¡Pero bueno!
¿Yoooo?
—Anda, Ogro, dale su maleta y
aquí paz y después gloria —dijo Hada intentando no perder más tiempo—, ya está
todo aclarado, qué más da quién tuvo la culpa, se solucionó y ya está.
—Sí —admitió Ogro, dando por
zanjado el asunto—. Ya está, yo cojo mi maleta y este señor la de su hija y concluido
el tema.
Y el hombre cogió su maleta y
despidiéndose echó a andar hacia la salida. Lo mismo hicieron Ogro y Hada.
Fueron en busca del Orlyval, una especie de tren rapidísimo, que los trasladaría
hasta el centro de París. Fue un viaje cómodo, de tan sólo 35 minutos, y
enseguida llegaron a su hotel.
Cada uno se fue a su
habitación y, sobre todo Ogro, bendijo París sin mosquitos, París con aire
acondicionado, París limpio… pero, en el fondo, mientras se dormía sintió una
gran añoranza de aquel país tan lejano ya, y de los muchachos con los que había
sido tan dichoso sin siquiera reparar en ello.
Durmieron hasta después del
mediodía y después fueron a caminar por la cuidad.
Continuará.